Basado en hechos reales. Segundo de Bachillerato. Las expectativas de futuro se reparten equitativamente entre aquellos que quieren hacer una carrera universitaria, los que aspiran a un ciclo formativo de grado superior y quienes desde hace años anhelan formar parte de las fuerzas de seguridad. Anhelos heridos de incertidumbre, miedos, ansiedad, hastío.
Pese a la creciente diversidad de perspectivas, el Bachillerato sigue configurado bajo el modelo estándar de alumno/a que aspira a ser universitario. Configuración que se expresa en el diseño curricular, la esquizoide planificación metodología y evaluativa en función de la EBAU y una orientación académica que poco o nada ha cambiado, aunque la realidad impele a un viraje de urgencia.
Mas allá de las recurrentes excusas para no esforzarse, los alumnos perciben esta monolítica tendencia y aquellos cuyas aspiraciones no basculan hacia el ecosistema universitario se quejan y con razón, exigiendo que la formación post obligatoria se ajuste a sus expectativas de futuro.
Eche en falta en la LOMLOE una modalidad profesional, un Bachillerato pensado exclusivamente para aquellos alumnos/as que deseen hacer un ciclo formativo o incorporarse a una oposición. Un Bachillerato con una nítida vocación práctica y competencial, que combine conocimientos -saberes los llaman ahora- con destrezas profesionales. Un Bachillerato así hubiera podido servir incluso de prototipo de apuesta competencial en esta etapa. Al contrario, la LOMLOE, pese a su voluntad competencial, apenas ha cambiado el diseño interno del Bachillerato. Los contenidos permanecen casi inalterables, salvo ajustes secundarios o aquellos que buscan hacer justicia al sesgo de género. No se percibe en su arquitectura ningún amago de adaptación a un contexto social y económico que pide diversificar destrezas. Tampoco la formación del profesorado de Bachillerato ha manifestado viraje alguno hacia esa necesaria adaptación.
A la espera.

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