A nuestro oficio siempre se le sobreentendió de serie la cualidad imponderable de la vocación, hasta tal punto que poco importaba si uno estaba bien formado con tal de que mantuviera un entusiasmo indeleble hasta su feliz jubilación. Y de un oficio vocacional, como si de un sacerdocio se tratase, se espera una maleabilidad intachable, un espíritu resistente a cualquier contingencia o despropósito. Un docente debe por definición "amar" su oficio, estar no solo a gusto y contento, sino también agradecer pertenecer a una egregia estirpe de profesionales que dieron su vida y alma por cientos de imberbes generaciones, encantadas de aprender y ser de provecho.
Como bien sabe quien se dedica a esto, esta metafísica impostada tiene su aciago anverso en un infértil voluntarismo, que a menudo presupone que el docente deba estar sí o sí a las duras y las maduras, sin rechistar, feliz en su cansancio, regocijado en su miseria, cantando la gloria de su benéfica profesión. Y al mínimo que se queje, aunque la demanda pretenda mejorar la calidad educativa y no su faltriquera, se le afea la osadía con ríos de tinta mediática, recordándole la naturaleza espiritual de su vocación. Resignación, maestro; aguanta y sonríe, profesor. La divina jubilación llega para quien sabe resistir con denodado esfuerzo y voluntad la zozobrante travesía.
Hace tiempo que eso que los anglosajones llaman burnout o síndrome del desgaste profesional se ha instalado en los centros. Sentimiento de agotamiento, fracaso e impotencia. Baja autoestima. Poca realización personal. Estado permanente de nerviosismo. Dificultad para concentrarse. Comportamientos agresivos. Dolor de cabeza. Taquicardia... Y no sucede solo con el docente bregado en mis contiendas; arrecian estos afectos contrariados en el grumete recién echado a la mar. Se dirá que así es la vida, que si no te gusta, a galeras a remar, y es cierto, cada cual debe ser responsable y capaz en su puesto, llevarlo con entereza y dignidad, y aunque le lleven los diablos, seguir firme y fiel por sus alumnos. Pero esto no quita que reflexionemos, y a ser posible actuemos, acerca de las causas que están deteriorando la calidad de nuestras condiciones de trabajo y que sin duda deterioran igualmente aquella que ofrecemos a nuestros alumnos. Una va ligada a la otra como dos caras de igual moneda.
Quizá los de palacio, como acostumbran, digan que esto es vana queja -ruído mediático lo llaman- y se limiten a despachar esta distopía con indolente pusilanimidad, instando al respetable a recordar que estamos en este santo oficio para aguantar y dar el callo con silente determinación. Vocación, infame eufemismo.

Totalmente de acuerdo.
ResponderEliminarPara empezar, siempre dije que prefiero un cirujano que sepa operar a otro que le encante operar…y esto es válido para cualquier profesión.
Y para terminar, que la vocación sirva para trabajar motivado, no para hacernos callar e impedirnos pensar y opinar, teniendo que aguantar carros y carretas.