Reza el adagio ignaciano: En tiempos de desolación no hacer mudanza. Ajustando la frase a nuestro contexto, podría decirse que cuando hay cambios lo mejor es pararse, serenar la mente y dejar tiempo a la reflexión. Incluso si no lo haces, la naturaleza humana es de tal sustancia que cuando le viene un giro inesperado, que le exige reaccionar sin tiempo, medios ni ganas, la primera acción es de defensa y cautela, de parálisis y contención. Más aún cuando el cambio le pilla en época de incertidumbres variadas, cansancio acumulado, contingencias que se apilan a las ya heredadas. No está entonces cuerpo y alma para mudanzas y humano es replegar alas y dejarse mecer por la tormenta, no forzar la nave, poner el automático y ya veremos a dónde nos lleva el viento.
Estas semanas observo esa razonable tendencia entre no pocos docentes, que incluso teniendo una cultura de trabajo que prueba y tantea nuevas formas de enseñar, es tal la ansiedad que les genera la entrega de la programación y los imponderables virajes que alienta, que deciden hacer un ejercicio de regresión metodológica, dejar que sea el libro de texto quien les guíe, no complicarse la vida con ensayos y regalarse un curso tranquilo. Porque ese es el ethos que vertebra últimamente la psique del docente: la necesidad de serenidad. No aceleres, da dos pasos atrás, respira, amplía horizonte y veremos.
Claro está que un modelo competencial exige diversificar los medios y métodos de enseñanza, y si no estás acostumbrado a ello, ir probando año tras año nuevos retos, ampliando tu mochila de aprendizajes como docente. Pero el curso que más cambios se nos requiere es el que más hartos y fatigados andamos. Por no decir contrariados, indignados, hasta las... Malos tiempos para la lírica.

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