El sentido común, el menor de los sentidos en toda política educativa, invita a que este curso la programación sea a lo sumo un borrador de intenciones, un a ver si me entero, un voy a probar con esto y ya veremos, un tanteo esperanzador. De no ser así, será lo que es lógico: un copia y pega, un esquizoide ejercicio de impostura para cubrir expediente y apariencias.
Formar en una evaluación competencial requiere a priori una voluntad, después un buen puñado de serenidad y tiempo. No por poner en papel que la Tierra permanece inmóvil, realmente es así. Eppur si muove, aunque los padres de la iglesia educativa dicten lo contrario. Las prisas y un preceptismo hueco son enemigas del cambio real, y más aún pretender que éste tenga efecto sin plantillas y medios dignos. Todo lo importante germina lento.
¿Cómo va aprender una evaluación competencial un docente al que este concepto, en la teoría y más aún en la práctica, le suena a humo y papeleo? Control C, control V. Pasemos este amargo trago burocrático y sigamos enseñando como podamos, se dirá. ¿Cómo lo hará un docente al que los papeles oficiales le agobian y quiere ser fiel a la ley en su sintaxis, no tanto en su pragmática? Irá a todos los pildorajes, leerá con lupa leyes y preceptos, auscultará con celo funcionarial cada coma. Solo se quedará tranquilo tras la entrega prescriptiva, para después, lejos de la patriarcal mirada del inspector, siga haciendo lo de siempre.
Olvidamos con facilidad, consejeros, inspectores y docentes, para qué sirve de facto una programación. Es un documento para el docente, una declaración de intenciones sometida a la vulnerabilidad de los hechos y a la frágil arquitectura de la voluntad. Cuanto más se parezca a la intención que rubrica, más útil será, menos lesiva con la salud de los docentes y la enseñanza real a nuestros alumnos. La programación debiera por lógica construirse de abajo arriba, partir del contexto educativo, la cultura de trabajo del docente y los ánimos que la alimentan. De no ser así solo contentará a la voluntad administrativa, no a la mejora real del aprendizaje.
Compañeros/as, escribid “vuestra” programación, no la que se espera de vosotros. No la que te genere menos problemas con tu inspector/a, sí la mejor que puedas ofrecer aquí y ahora a tus alumnos, sabiendo que será de seguro una programación frágil y dubitativa, vulnerable, que requiera más tiempo, más serenidad, más medios y plantillas, más que todo eso que no hay ni se lo espera. Cuídate, maestro, profe.

¡Qué gusto leerte, compañero!
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