A priori pudiera parecer que la LOMLOE traería al inicio de curso un revuelo de voces exaltadas, desgranando su indignación o escepticismo en relación a la nueva ley. No ha sido así, pero esto no debiera ingenuamente hacernos creer que quien calla otorga. Lo que hay es más bien hartazgo, un cansancio que ahoga el desconcierto por mera salud mental. El silencio habla si se sabe escuchar.
La consejería paternalmente concede a los docentes más tiempo para entregar las programaciones, temerosa quizá de que el gallinero se le revolviera. No conviene empezar un curso preelectoral con titulares a contra viento. Pero lo cierto es que da igual el tiempo que concediera: el ajuste de la ley sobre el terreno resulta obtuso y pesado a buena parte del profesorado, que se limita a cortar y pegar de donde puede la letra marcada, cruzando los dedos y encomendándose a santos profanos.
Se hará lo que se pueda. Que a los contenidos ahora se les llama saberes, da igual. El sustantivo no afectará al verbo. El docente seguirá practicando el ensayo-error, sin medios, desamparado, haciendo con estos mimbres lo que venga mejor a sus alumnos, sin apreciar que cuando hace radio en el barrio o investiga en las márgenes del río a eso ahora se le llama situaciones de aprendizaje. Un sínodo no hace conversos. Solo multiplica celulosa y burocracia. Los cambios reales requieren el arbitrio de la voluntad compartida y el apoyo institucional. Nunca hubo mejoras en este oficio que no vinieran de abajo arriba. Mal plan educativo es aquel que pretende a golpe de decreto y proyectos enlatados aumentar la fe de la soldadesca, dándole en pago más estrés y menos medios. Solo bregados marineros manejan este destartalado barco. No existe capitán al que seguir y respetar.

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