Unión Europea

 


Este próximo curso se ofertará una nueva asignatura de libre configuración en cuarto de la ESO: ‘Unión Europea’.  Pretende, en boca de quienes la ofertan, fomentar entre los alumnos el conocimiento del contexto europeo, del patrimonio y de los valores comunes, y promover la sensibilización sobre la unidad y la diversidad social, cultural e histórica de la Unión Europea.

Quien escribe no sabe ya qué emoción supurar ante estos experimentos educativos, hilados al rebufo del interés político, la moda de entretiempo, y no de la calidad educativa. Asignaturas creadas ad hoc en salones ajenos a la educación, con la letra y el renglón marcados -la Unión Europea paga, la Unión Europea manda-, que igual que nacen mueren de pura anemia curricular, 'marías' que a menudo son elegidas como alivio para el alumno, huyendo de áreas con más carga proteínica. La cuestión es contentar a la UE con su dosis de catecismo, confiada en que el sermón deje huella en la feligresía, y llegados tiempos menos felices asienta dócil a los designios divinos de su narrativa: consume menos, que vivías muy bien, y adáptate, que ya no trabajarás en lo que quieras ni tendrás una paga digna ni tiempo para gastarla.  Pero Europa seguirá siendo tu madre política, que vela por ti, pobre obrero precario, apretando sin ahogar, ahogando sin matar. 

Me pregunto cómo se combina esta y otras asignaturas gaseosas con el desgastado discurso del pensamiento crítico, eje esencial del modelo competencial educativo. ¿No esperarán que los docentes hagamos de indolentes presbíteros, llevando la buena nueva a las aulas? Hablar de Europa desde una perspectiva crítica supone desasentar el mandamiento prescrito, mirar desde otras perspectivas, ser asertivo, practicar el derecho a disentir, a negar, a rechazar el dogma, a exigir verdad y no doctrina, a empoderar a la ciudadanía desde el amor al conocimiento y la honestidad, que por lógica desprecia que le marquen la caligrafía. 

¿Cómo generar en nuestros alumnos ese pensamiento crítico sin propiciar distorsiones cognitivas, desagrado, incomodidad, indignación, y con ello voluntad, confianza en que el saber es motor de cambio? ¡Qué harto estoy de ese pensamiento crítico plastificado, que se acomoda a nuestras convicciones, sin ponerlas en entredicho, que simula pensar sin girar la cabeza, carne de tuit, verso sin alma, temoroso de la réplica social, autocensurado, cómodo, inútil! Les debemos a nuestros alumnos -más aún a la luz de la que les espera- un patrimonio moral más digno, la audacia de un pensamiento menos estético, pero más leal, ajeno al aprecio del like. Pensamiento desnudo, frágil, pero libre. 


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