Jubilarse

 


Quizá el síntoma más evidente de que algo no funciona bien en el sistema educativo sea que los docentes, a pesar de amar su oficio, de ser proactivos y poseer un talante vocacional -a menudo se traduce este concepto como mero voluntarismo-, empiezan a contar con las manos los años que les quedan para jubilarse. No es aún mi caso, aunque note el peso de distopías que se acumulan cada curso a las ya existentes. Por ahora resisto, gracias no a los infructuosos intentos de la política educativa, sino a mis alumnos, que son causa y efecto de decepciones y esperanzas. 

Pese a que no sea ese por ahora mi estado de ánimo -no quita esto que tenga mis días de querer mandar al carajo todo-, no hay que ser muy observador para darse cuenta del profundo desánimo que hay entre los docentes. Venía de lejos, pero la pandemia y esta crisis vienen a ser la puntilla, el rebose de un vaso hace tiempo salpicando el borde de la paciencia. La emoción que persiste es de pesimismo y decepción; ni siquiera hay ya espacio para la indignación. Muchos docentes a punto de jubilarse sonríen aliviados por no tener que lidiar con lo que vendrá; no les preocupa tanto el previsible deterioro de las pensiones cuanto la sensación de que todo va a peor. Sé que es duro oir esto, pero es una realidad con la que tenemos que convivir y exorcizar como podamos. 

Hace unos días un docente me confesaba: "Ramón, yo ya he claudicado, no aguanto más. Me limitaré a lo básico, evitando que todo esto me afecte. Si te implicas, te dejas la salud". Docentes que dejan de ser parte de un equipo directivo por agotamiento y decepción. Docentes extenuados a causa de una burocracia que impide dedicar tiempo a lo importante. Docentes que están hartos de ser una barcaza zarandeada por una tras otra ley educativa, improvisada al son de la ideología de turno e intereses ajenos al bien común. ¿De dónde sacar la entereza y el entusiasmo? ¿Cómo reconstruir el ánimo herido? 

En mi caso, como dice el adagio popular, saco la fuerza de donde no la hay, por no darle a la realidad el gusto de imponerse a mis esperanzas. Y estoy convencido de que la mejor vía de ganarle terreno al desconsuelo es arañar cada cual en su centro una fortaleza compartida que reconstruya lo perdido. Cuando las certezas desaparecen, toca empezar desde abajo, con serenidad y paciencia. Primero con gestos inocuos pero reconfortantes, después con ideas locas que sueñan convertirse en semilla, con brotes que fructificarán a largo plazo, cuyo impacto quizá no veamos nosotros y sean otros docentes los que lo disfruten. Nada que merezca la pena es sin el arbitrio del tiempo y de una serena voluntad. Ninguna ley tiene el poder de propiciar esa actitud, más bien la de mitigarla. Todo depende de nosotros, ajenos a modas y normativas. En septiembre, miremos a los ojos a nuestros alumnos unos segundos; nada como eso para curarnos el pesimismo. 

Vendrán de seguro meses, años aún más complejos y decepcionantes. Transitémoslos juntos, sin la tentación kamikaze de refugiarnos cada cual en nuestra aula, temerosos, a la espera de la jubilación. No podemos afrontar esto solos. Es hora de reforzarnos como colectivo. Esto exige ceder certezas en favor de objetivos comunes que mejoren lo presente. No es tiempo de hablar, lo es de actuar. Se han dado algunos pasos. Por ejemplo, equipos directivos que dicen no y se enfrentan a la consejería, comunidades educativas que salen a la calle evidenciando la miseria de algunas decisiones políticas. Es tiempo de acciones locales denunciando distopías mensurables, que se evidencie hasta la vergüenza la realidad vulnerable de cada centro educativo, nombre por nombre, recorte por recorte. Que las familias sepan en qué condiciones aprenden sus hijos, que a las consejerías se les caiga la cara de vergüenza. 

No claudiquéis, docentes. Siempre habrá tiempo para jubilarse. 

Abrazo.


Comentarios

  1. Necesaria actitud... A este proposito nos sentimos unidxs muchxs ;-)))

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  2. Ojalá te lean y oigan muchos. Excelente resumen

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