Combustión

 


Cuando elaboras una viñeta, buscas que sea lo suficientemente fértil como para que genere en quien la ve, independientemente de sus afectos, experiencia o ideología, emociones contrariadas, a fin de que bajo esa distorsión cognitiva el cerebro remueve su mapa de convicciones y germinen nuevas ideas. 

Sin embargo, es habitual -cada vez con más recurrente virulencia- que quien ve una viñeta que interpreta como contraria a su credo, en vez de aportar argumentos que sumen profundidad y complejidad al asunto, se sorprendan de que existan personas que tengan otras perspectivas y despotriquen alterados contra el autor. Si pudieran, quemarían textos y quién sabe, a los que los escriben. 

¿Por qué digo esto? Hoy, viendo la nueva viñeta de Andrés Rábago, El Roto, me han llamado la atención algunos comentarios que se sorprenden, decepcionados, de que un autor hasta la fecha tan afín a su catecismo, de pronto ilustre reflexiones que ponen en cuestión sus mandamientos. Supongo que El Roto, desde su escritorio, debe reír a placer y agradecer que al menos algunas de sus viñetas susciten en quien las ve algo más que una sonrisa cómplice y generen entre las neuronas de sus seguidores algo de reflexión activa y no mera complacencia. Bien por El Roto. ¿Qué reflexión lo es si no pliega y retuerce nuestro intelecto y lo somete a una gimnasia que nos haga sudar contradicciones?

Vaciamos de significado al manido término pensamiento crítico si nos limitamos a desactivar su potencial transformador en la vida de la comunidad educativa, dentro y fuera de los centros, o solo lo contemplamos si no descoloca nuestro armario ropero de convicciones e intereses. 


Enlace a la viñeta de El Roto:

https://elpais.com/opinion/2022-06-11/el-roto.html


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