Preferiría no hacerlo

 


Justamente así estaba sentado cuando lo llamé, explicándole rápidamente lo que quería que hiciera —es decir, revisar un pequeño documento conmigo. Imaginen mi sorpresa, mejor dicho, mi consternación, cuando sin moverse de su privado, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, contestó:
—Preferiría no hacerlo.
Me quedé sentado por un rato en completo silencio, recuperando mis atónitas facultades. Inmediatamente se me ocurrió que mis oídos me habían engañado, o que Bartleby no había comprendido lo que yo quería decir. Repetí mi petición con el tono más claro del que
yo era capaz. Pero con un tono igual de claro recibí la misma respuesta:
—Preferiría no hacerlo.
—Preferiría no hacerlo —repetí como en eco, levantándome bastante alterado, cruzando la habitación de una zancada—. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Se ha vuelto loco? Quiero que me ayude a confrontar esta hoja, ¡tómela! —y se la aventé.
—Preferiría no hacerlo —dijo.

Fragmento de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville.

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¿Te imaginas que los docentes, aquejados de una imponderable afección disruptiva, emularan la actitud de Bartleby? A priori parece un escenario distópico -quizá así lo sea para quienes lubrican con eficiente destreza y complaciente docilidad los engranajes de la consejería-, pero pasado unos días ningún docente notaría mayor diferencia que el inefable alivio que produciría sentirse despojado de aquella burocracia que tiempo atrás comía un considerable porcentaje de su estimado tiempo, restando horas y voluntad a aquellas tareas que sí merecen nuestro afán y sí contribuyen a mejorar la vida de nuestros alumnos. Educar sin burocracia viene a ser como la emoción de renovada vitalidad que sintió el aire de las ciudades durante el confinamiento pandémico.

Aunque este amago de imaginación no pase de ser un utópico placebo, siempre que puede, el docente busca la forma de reducir los efectos perversos que esta creciente burocratización del oficio provoca sobre la realidad educativa, la de verdad, no esa que se rubrica en la profusa maraña de papeles. Así, cada cual se busca la vida y sortea esta infame parafernalia administrativa con un recurrente corta y pega, o anotando lo que en notaría se espera de él, una servil formalidad y un silente asentimiento a las normas. Con el tiempo, nos acostumbramos a convertir la burocracia en lo que es, un trámite desligado de la subjetiva complejidad y contradicciones de la realidad a pie de aula, y con más o menos ingenio y truhanismo vamos soportando, como el Sísifo del mito, el pedrusco de temporada, haciéndole reverencia al decreto, pero en la soledad del menudeo educativo dibujando peinetas al viento.

No hay equipo directivo ni docente de a pie que no comparta con taxativa unanimidad la impresión de que la burocracia ha aumentado y que supone sin lugar a dudas uno de los agravantes que impiden una mejora de la calidad de la enseñanza. La paradoja duplica el desconcierto si consideramos que el impacto de la revolución digital sobre las rutinas administrativas debiera haber supuesto una reducción de la burocracia y una simplificación de los procesos de trabajo. No solo no ha sido así, sino que los ha multiplicado, generando una peligrosa burbuja que resta tiempo y ganas a lo importante, y lo que es peor, obliga a impostar una normalidad que realmente no existe y que deforma el efecto real de la intervención educativa sobre nuestros alumnos, a mayor gloria de las estadísticas.

Si esta burocratización la aplicamos a los procesos de innovación, el esperpento adquiere dimensiones inabarcables. Se simula o agranda un éxito inexistente que facilita a los centros el acceso de los recursos e infla los informes oficiales para publicitar el talento político. Nada o poco de lo que denotan los papeles supera la categoría de retórica. La calidad educativa se atesora en la memoria de alumnos y docentes, y con digna rebeldía se resiste a ser enlatada en los pedeefes prescriptivos. Rara vez lo que dejamos en los alumnos puede ser rubricado en un informe. Con sabiduría numantina, lo que aprendieron nuestros alumnos trasciende la nota numérica de los boletines.

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